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LITERATURA RENACENTISTA ITALIANA

 

Leonardo Bruni

Poggio Bracciolini

Lorenzo Valla

Leone Battista Alberti

Lorenzo de Médicis

Poliziano

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Pietro Pomponazzi

Marcello Adriani Virgilio

Baltaser de Castiglione

Maquiavelo

Pietro Bembo

Miguel Angel

Ludovico Ariosto

Francesco Guicciardini

Torcuato Tasso

Pietro Aretino

Baltasar Castiglione

 

Leonardo Bruni       Poggio Bracciolini

Leonardo Bruni                               Poggio Bracciolini

 

 

Las principales figuras intelectuales del siglo XV fueron Niccolo Niccoli, Giannozzo Manetti, Palla Strozzi, Leonardo Bruni, Francesco Fidelfo, Poggio Bracciolini, Carlo D'arezzo y Lorenzo Valla. Manetti se enterró entre sus libros, dormía sólo unas pocas horas de noche, nunca salía al exterior, utilizando todo su tiempo en traducir del griego, estudiar hebreo y comentar las obras de Aristóteles. Strozzi viajó a Grecia por sus propios medios a la búsqueda de libros antiguos, y con él se trajo a Plutarco y Platón. Bracciolini fue al Concilio de Constanza y encontró en un monasterio Oraciones de Cicerón. Copió a Quintiliano con sus propias manos, descubriendo por él a Lucrecio, Plauto, Plinio y otros muchos autores latinos. Guarino viajó por oriente en busca de antiguos códices. Giovanni Aurispa volvió a Venecia con cientos de manuscritos ... ¿Qué pasión animaba a estos hombres? ¿Qué es lo que buscaban? ¿Cuáles eran sus miras? Estos italianos no estaban sino imbuidos por la solemne tradición que, aunque latente en parte, era el principio director de la Italia medieval, y que ahora al fin salía a la luz triunfante. Esta tradición era esa tenaz y sagrada memoria de Roma, esa misma adoración por su lengua y sus instituciones, que si un tiempo había retardado el desarrollo de la literatura italiana, ahora injertaba la vieja rama del antiguo clasicismo latino en el floreciente tronco de la literatura italiana. Todo esto no es sino la continuación de un fenómeno que había existido durante siglos. Es la idea de Roma que siempre había dominado a los italianos, la idea que aparece de continuo desde Boecio a Dante Alighieri, desde Arnoldo de Brescia a Cola di Rienzi, que gana fuerza con Petrarca y Boccaccio, y que finalmente surge triunfante en la literatura y la vida, porque el espíritu moderno se ha nutrido de las obras antiguas. Los hombres alcanzan a tener una idea más justa de la naturaleza: el mundo ya no está maldito ni es despreciable; la verdad y la belleza unen sus manos; el hombre renace y la razón humana retoma sus derechos. Todo, tanto el individuo como la sociedad, cambia bajo la influencia de los nuevos sucesos.

Lorenzo Valla

En primer lugar se había formado la individualidad humana, algo ya deseado en la Edad Media. Como dice Jakob Burckhardt, el hombre se había convertido en individuo. Comenzaba a sentir y asumir su propia personalidad, la cual constantemente pugnaba por una más completa realización. Como consecuencia, surge la idea de la fama y el deseo de alcanzarla. Se forma una verdadera clase cultural, en el sentido moderno de la palabra, y aparece la idea (completamente desconocida hasta entonces) de que la valía de una persona no dependía en absoluto de su nacimiento sino de sus cualidades personales. Poggio, en su diálogo De nobilitate declara que está de acuerdo con sus interlocutores Niccolo Niccoli y Lorenzo de Médicis en la opinión de que no hay otra nobleza sino la del mérito personal. La vida social crecía más refinada en todos sus detalles; se había creado al hombre social; se hacían reglas sobre comportamientos civilizados; se incrementó el deseo por los entretenimientos suntuosos y artísticos. La idea medieval de la existencia había sido derrocada; hombres que hasta ahora habían dirigido sus pensamientos exclusivamente a las cosas divinas, y creían exclusivamente en el derecho divino, ahora empezaban a pensar en el embellecimiento de su existencia terrena, en hacerla feliz y agradable, y volvían a creer en sus derechos humanos. Esto significó un gran avance, pero trajo consigo la semilla de muchos peligros. El concepto de moralidad se hizo cada vez más débil. El “fay ce que vouldras” de Rabelais se convirtió en el principal sentido de la vida. El sentimiento religioso se debilitó y cambió, volviéndose pagano de nuevo. Por último, la Italia del Renacimiento, con sus cualidades y sus pasiones, se convirtió en la más notable representación de las grandezas y las miserias, de las virtudes y los vicios, de la humanidad. La corrupción se asoció a todo lo que es más ideal en la vida; un profundo escepticismo se adueñó de las mentes; la indiferencia hacia dios o el diablo alcanzó su cenit.

Leon Battista Alberti

 

Leon Battista Alberti

 

Además de esto, un gran peligro literario se cernía sobre Italia. El humanismo amenazaba con sofocar su joven literatura nacional. Había autores que laboriosamente trataban de dar a la literatura las formas latinas, para hacer así de nuevo, tras los peligrosos tiempos de Dante, lo que Guittone d'Arezzo había tan tristemente hecho de Laliaen el siglo XIII. Los dialectos provinciales intentaron reafirmarse en la literatura. Los grandes autores del siglo XIV, Dante, Petrarca, Boccaccio, fueron olvidados y despreciados por muchos.

Fue Florencia la que salvó la literatura, reconciliando los modelos clásicos con los sentimientos modernos, Florencia la que tuvo éxito al asimilar las formas clásicas en el arte vulgar. Aun ganando vigor y elegancia del clasicismo, aun tomando de las antiguas fuentes todo lo que ellas podían aportar de bueno y útil, fue capaz de preservar su verdadera vida, mantener sus tradiciones nacionales, y guiar la literatura por el camino que habían abierto los escritores del precedente siglo. En Florencia, los humanistas más célebres escribieron también en la lengua vulgar, comentaron a Dante y Petrarca, y los defendieron de sus enemigos. Leone Battista Alberti, sabio erudito en griego y latín, escribió en lengua vernácula, y Vespasiano da Bisticci, al mismo tiempo que se sumergía en los manuscritos griegos y latinos, escribió en italiano la Vida de hombres ilustres, obra valiosa por su contenido histórico que rivaliza con las mejores obras del siglo XIV por su candor y simplicidad. Andrea da Barberino escribió la hermosa prosa de Reali di Francia, dando un barniz romano a los romances caballerescos. Belcari y Benivieni, por su parte, nos devuelven al idealismo místico de anteriores épocas.

Lorenzo de Médicis

 

Lorenzo de Médicis

Pero es en Lorenzo de Médicis donde la influencia de Florencia en el Renacimiento se aprecia particularmente. Su pensamiento se forjó en los antiguos: asistió a las clases del griego John Argyropulos, versado en los banquetes platónicos, se esforzó en la búsqueda de códices, esculturas, vasos, pinturas, gemas y dibujos para ornamentar los jardines de San Marcos y crear la biblioteca que luego llevaría su nombre. En los salones de su palacio florentino, en sus villas de Careggi, Fiesole y Anibra, se encuentran los magníficos cofres decorados por Dello con historias de Ovidio, el Hércules del Pollaiuolo, la Pallas de Botticelli, los trabajos de Filippino (pintor hijo de Fra Filippo Lippi) y el Verrocchio. Los Medici vivieron totalmente en el mundo clásico; y ahora si leemos sus poemas sólo vemos al hombre de su tiempo, al admirador de Dante y de los antiguos poetas toscanos, a quien tomó su inspiración de la musa popular, y a quien consiguió dar a su poesía los colores del más pronunciado realismo así como del idealismo más sutil, pasando desde el soneto platónico a los apasionados tercetos del Amores de Venus, de la grandiosidad de la Salve a Nencia y a Beoni, del Canto carnavalesco a las loas. En él es fuerte el sentimiento por la naturaleza; unas veces dulce y melancólico y otras profundo y vigoroso, como un eco de los pensamientos, los dolores, las ambiciones de una vida tan profundamente agitada. Le gustaba mirar a su corazón con ojos severos, pero al mismo tiempo era capaz de mostrarse en tumultuosa plenitud. Describe con la destreza de un escultor, satiriza, ríe, reza, suspira, siempre elegante, siempre florentino, pero un florentino que ha leído a Anacreonte, Ovidio y Tibullus, que desea disfrutar de la vida, pero al mismo tiempo saborea los refinamientos del arte.

Angelo Poliziano

 

Angelo Poliziano

 

Cercano a Lorenzo está Poliziano, quien también reúne, y con más arte, lo antiguo y lo moderno, lo popular y lo clásico. En sus Rispetti y en sus Baladas la frescura de su imaginería y la plasticidad de su forma son inimitables. El, el gran erudito en griego, escribió versos italianos de deslumbrantes colores; la más pura elegancia de las fuentes griegas invade su arte en todas sus formas, así en el Orfeo como en su Stanze per la giostra.

 

Como consecuencia de los movimientos intelectuales en el Renacimiento, aparecieron en Italia en el siglo XV tres academias: la de Florencia, la de Nápoles y la de Roma.

La academia florentina fue fundada por Cósimo I de Médicis. Habiendo oído las alabanzas a la filosofía platónica cantadas por Gemistus Pletho, el cual en 1439 se encontraba en el Consejo de Florencia, tomó tal gusto por dichas opiniones que pronto trazó un plan para celebrar un congreso literario sobre ellas. Marsilio Ficino ha descrito las ocupaciones y entretenimientos de estos académicos. Aquí, dice, los jóvenes aprenden, como en un pasatiempo, los preceptos de conducta y la práctica de la elocuencia; aquí los hombres maduros estudian el gobierno de la república y de la familia; aquí los ancianos se consuelan en la creencia de un mundo futuro. La academia se dividía en tres clases: la de los mecenas, que eran miembros de la familia Médicis; la de los asistentes, entre los cuales se encontraban los más famosos personajes de la época, como Pico della Mirandola, Angelo Poliziano y Leon Battista Alberti; y la de los discípulos, jóvenes ansiosos de distinguirse en la práctica filosófica. Es sabido que la Academia Platónica se empeñó en promover, con respecto al arte, una segunda y más exaltada vuelta a la antigüedad.

La academia romana fue fundada por por Giulio Pomponio Leto, con el objeto de promover el descubrimiento e investigación de antiguos monumentos y libros. Era una especie de religión del clasicismo, mezclada con aprendizaje y filosofía. Platina, el conocido autor de las vidas de los cien primeros papas, perteneció a ella.

En Nápoles se instituyó una academia conocida como la Pontaniana. Su fundador fue Antonio Beccadelli, apodado Il Padormita, y tras su muerte su director fue Il Pontano, que le dio su nombre y animó con su pensamiento.

Los romances en verso fueron el producto del escepticismo moral y el gusto artístico. Italia nunca tuvo una auténtica poesía épica, pero tuvo, sin embargo, muchos poemas llamados cantari porque contenían historias que se cantaban a la gente; y además había poemas románticos, como el Buovo d'Antona, el Regina Ancroja y otros. Pero el primero en revivir este estilo fue Luigi Pulci, quien creció en la casa de los Médicis, y que escribió el Morgante Maggiore a petición de Lucrezia Tornabuoni, madre de Lorenzo el Magnífico. El tema del Morgante está casi totalmente tomado de un oscuro poema caballeresco del siglo XV, redescubierto por Pío Rajna. Pulci construyó una estructura propia, a veces ridiculizando el tema, burlándose de los personajes, introduciendo muchas digresiones, ora caprichosas, ora científicas, ora teológicas. Pulci elevó la épica romántica a la categoría de obra de arte, unificando lo serio con lo cómico.

Con una intención más seria, Matteo Maria Boiardo, conde de Scandiano, escribió el Orlando enamorado, en el cual parece haber aspirado abarcar todas las leyendas carolingias; pero no pudo completar su tarea. Encontramos aquí también una amplia vena humorística y burlesca. Incluso el poeta Ferrarese se adentra en el mundo del romance por su simpatía hacia las maneras y sentimientos caballerescos; esto es, el amor, la cortesía, el valor y la generosidad. Un tercer poema romántico del siglo XV fue el Mambriano de Francisco Bello (Cieco de Ferrara). Escribió tanto a partir del ciclo carolingio, como de los romances de la Tabla Redonda y de la antigüedad clásica. Fue un poeta de genio poco común y de pronta imaginación, muy influenciado por el Boiardo, especialmente en la parte fantástica que introduce en sus obras.

El desarrollo del teatro en el siglo XV fue muy importante. Este tipo de literatura semi-popular nació en Florencia, y se asoció a ciertas festividades populares normalmente en honor de Juan el Bautista, santo patrón de la ciudad. Las Sacra Rappresentazione en esencia no son más que la evolución de los Misterios medievales. Aunque pertenecen a la poesía popular, algunos de sus autores fueron personajes literarios de renombre. Es suficiente citar a Lorenzo de Medici, que escribió San Giovanni e Paolo, y a Feo Belcari, autor del San Panunzio, el Abramo e Isaac y otras. A partir del siglo XV algunos elemento cómico-profanos encontraron su sitio en las representaciones sacras. Así, liberándose del convencionalismo bíblico y legendario, el Poliziano escribió el Orfeo, que, aunque en su forma externa pertenece a las representaciones sacras, se aparta sustancialmente de ellas en su contenido y en los elementos artísticos que introduce.

A partir de Petrarca las églogas eran un tipo de literatura que agradaba mucho a los italianos. En ellas, sin embargo, el elemento pastoral es sólo aparente, pues no hay nada realmente campesino en ellas. Así es la Arcadia de Jacopo Sannazzaro de Nápoles, autor del espeso poema latino De Parvu Virginis, y de algunas églogas pastorales. La Arcadia está dividida en diez églogas, en las cuales se describen las festividades, los juegos, los sacrificios y las costumbres de un grupo de pastores. Están escritas en versos elegantes, pero sería vano buscar en ellas ni el más remoto parecido con la vida en el campo. Por otra parte, incluso en el estilo, Lorenzo de Médicis fue superior. Su Nencia da Barberino, como dijo un moderno escritor, es como si fuera una nueva y clara reproducción de las canciones populares de los ambientes florentinos, fundidos en una majestuosa ola de estancias en octavas. Lorenzo se sumergió en el espíritu del desnudo realismo de la vida campestre. Hay un marcado contraste entre su trabajo y la obra convencional de Sannazzaro y otros autores. Un posible rival del Medici en este estilo, pero siempre inferior a él, fue Luigi Pulci con su Beca di Dicomaco.

La poesía amorosa de este siglo no tiene gran importancia. En su lugar vemos aparecer un estilo completamente nuevo, los cantos carnavalescos, los cuales fueron un tipo de canciones corales, acompañadas de mascaradas simbólicas, habituales en los carnavales de Florencia. Estaban escritos en metros similares a los de las baladas, y en su mayor parte se ponían en boca de fiestas de trabajadores y comerciantes, los cuales, con alusiones no muy castas, cantaban alabanzas a sus oficios. Estos triunfos y mascaradas fueron dirigidos por el mismo Lorenzo. Por la noche, entraban en la ciudad grandes compañías a caballo, actuando y cantando estas canciones. Algunas eran del mismo Lorenzo, las cuales sobrepasan a las demás por su maestría. Aquellas tituladas Baco y Ariadna son las más famosas.

Girolamo Savonarola

 

Girolamo Savonarola

Girolamo Savonarola, tras llegar a Florencia en 1489, se levantó contra el movimiento literario y social del Renacimiento. Hay quien ha querido hacer de Savonarola un apóstol de la libertad, otros lo consideran un precursor de la Reforma. La verdad, sin embargo, es que no fue ni lo uno ni lo otro. En su enfrentamiento con Lorenzo, él dirigió más sus ataques contra el promotor de los estudios clásicos, el mecenas de la literatura pagana, que contra el tirano político. Animado de un entusiasmo místico, adoptó el estilo de un profeta, predicando contra la lectura de autores voluptuosos, contra la tiranía de los Medici, y llamando a un gobierno popular. Esto, sin embargo, no lo hizo animado por el deseo de mayores libertades cívicas, sino porque Savonarola vio en Lorenzo y su corte el mayor obstáculo contra el retorno a la doctrina católica, que era su íntimo deseo; pensaba que este retorno se produciría fácilmente si, tras la caída de los Medici, la república florentina fuese controlada por sus seguidores. Puede haber más justicia en ver a Savonarola como el precursor de la Reforma. Si fue así, fue más de lo que él intentó. El fraile de Ferrara nunca pensó en atacar el dogma papal, y siempre mantuvo que deseaba permanecer dentro de la iglesia de Roma. No tuvo ninguna de las grandes aspiraciones de Lutero, él simplemente repetía las quejas y exhortos de Santa Catalina de Siena, deseaba una reforma de las costumbres, simplemente de las costumbres, no de la doctrina. Si preparó el camino a los movimientos religiosos alemanes e ingleses del siglo XVI, fue de manera inconsciente. En la historia de la civilización italiana él representa un retroceso, esto es, la desaparición de los grandes hechos del Renacimiento y la vuelta a las ideas medievales. Su intento de oponerse a su tiempo, de detener el curso de los hechos, de devolver a la gente a la fe del pasado, la creencia de que todos los males sociales provenían de los Medici y los Borgia, su ceguera ante la realidad histórica, y su aspiración de fundar una república con Jesucristo como rey, muestran a Savonarola más como un fanático que como un pensador. No tuvo tampoco gran mérito como escritor. Escribió sermones en italiano, himnos (laudi), tratados de ascética y política, pero todos ellos groseramente escritos, y centran su importancia en aportar luz a la historia de sus ideas. Los poemas religiosos de Girolamo Benivieni son mejores que los suyos, estando escritos a partir de la misma inspiración. En estos versos, a veces dulces, siempre cálidamente religiosos, Benivieni y con él Belcari nos devuelven a la literatura del siglo XIV.

La historia no tuvo ni muchos ni buenos estudiosos en el siglo XV. Su despertar pertenece más a épocas posteriores. En su mayoría escribieron en latín, como Leonardo Bruni de Arezzo que escribió la historia de Florencia, o Gioviano Pontano la de Nápoles. Bernardino Corio escribió la historia de Milán en italiano, pero de una manera muy ruda.

Leonardo da Vinci escribió un tratado de pintura, Alberti uno sobre escultura y arquitectura. Pero los nombres de ambos son importantes, no como autores de dichos tratados, sino por personificar otra de las características del Renacimiento: la versatilidad del genio, su aplicación a muchos y variados temas, resultando excelentes en todos ellos. Leonardo fue arquitecto, poeta, pintor, ingeniero hidráulico y distinguido matemático. Alberti fue músico, estudió jurisprudencia, fue arquitecto y delineante, alcanzando fama como literato. Tenía una íntima atracción por la naturaleza, y una facultad casi única de asimilar todo lo que oía y veía. Leonardo y Alberti son los representantes y casi un compendio en sí mismos de todo el vigor del Renacimiento, que durante el siglo XVI desarrolló cada una de sus partes individuales, abriendo camino a lo que muchos llaman la edad de oro de la literatura italiana.


Leonardo da Vinci

 

El desarrollo del Renacimiento

La característica fundamental del periodo literario que siguió al Renacimiento es que se perfeccionaron todas los tipos de arte, en particular unificando el carácter esencialmente italiano de su lenguaje con el clasicismo en el estilo. Este periodo se sitúa entre 1494 y 1560, siendo 1494 el año en el que Carlos VIII de Francia entró en Italia, marcando el comienzo de la decadencia política de Italia y de la dominación extranjera.

Los hombres más famosos de la primera mitad del siglo XVI fueron educados en el siglo precedente. Pietro Pomponazzi nació en 1462, Marcello Adriani Virgilio en 1464, Baltaser de Castiglione en 1468, Maquiavelo en 1469, Pietro Bembo en 1470, Miguel Angel y Ludovico Ariosto en 1474, Jacopo Nardi en 1476, Trissino en 1478 y Francesco Guicciardini en 1482. La actividad literaria que se produce desde el final del siglo XV hasta la mitad del siguiente fue el producto de las condiciones sociales y políticas de la edad anterior.

Maquiavelo

 

Maquiavelo y Francesco Guicciardini fueron los creadores iniciales de la ciencia histórica. Las principales obras de Maquiavelo son la Historia florentina, el Discurso sobre la primera década de Tito Livio, el Arte de la guerra y El príncipe. Su mérito consiste en haber sido el creador de la ciencia experimental en política, al haber observado los hechos, estudiado la historia y obtenido consecuencias a partir de ello. Su historia es a veces inexacta en los hechos, siendo una obra más política que histórica. La peculiaridad del genio de Maquiavelo descansa, como es sabido, en su sentido artístico para el tratamiento y la discusión de la política en y por sí misma, sin mirar a un fin inmediato en su capacidad de abstracción desde las apariencias parciales del transitorio presente, con la intención más de imbuirse del reino eterno e innato, y hacerlo sujeto en sí mismo.

Cercano a Maquiavelo tanto como historiador que como hombre de estado se sitúa Guicciardini, persona muy observadora, y empeñada en reducir sus observaciones a una ciencia. Su Historia de Italia, que va desde la muerte de Lorenzo de Médicis hasta 1534, está llena de sabiduría política, tiene partes diestramente distribuidas, da una vívida imagen del carácter de los personajes que trata y está escrita con gran estilo. Muestra un profundo conocimiento del corazón humano, y describe con realismo los temperamentos, las capacidades y los hábitos de las diferentes naciones europeas. Retrocediendo hacia las causas de los sucesos, busca la explicación de los divergentes intereses de los príncipes y de sus recíprocos celos. El hecho de haber sido testigo de muchos de los hechos que relata, y haber tomado parte en ellos, añade autoridad a su trabajo. Las reflexiones políticas son siempre profundas; en el Pensieri, como dice Gino Capponi, parece intentar extraer a través de un auto-examen una quintaesencia, como si dijéramos, de las cosas observadas y hechas por él, empeñado así en formar una doctrina política todo lo adecuada posible en todas sus partes. Maquiavelo y Guicciardini pueden ser considerados como distinguidos historiadores así como los creadores de la ciencia histórica basada en la observación.

Pietro Bembo

 

Pietro Bembo

 

Inferiores a ellos, pero aún así dignos de mención, están Jacopo Nardi (historiador justo y fiable, hombre virtuoso que defendió los derechos de Florencia contra los Médicis antes de Carlos V), Benedetto Varchi, Giambattista Adriani, Bernardo Segni, y ya fuera de la Toscana, Camillo Porzio (que relató la Conjura de los Barones y la historia de Italia desde 1547 a 1552), Angelo di Costanza, Pietro Bembo, Paolo Paruta y otros.

Ludovico Ariosto

 

Ludovico Ariosto

 

El Orlando Furioso de Ariosto fue una continuación del Orlando Enamorado del Boiardo. Su principal característica es que asimiló el romance caballeresco al estilo y los modelos del clasicismo. Ariosto fue ya un artista sólo por el amor a su trabajo, por su épica. Su única intención fue hacer un romance que agradara tanto a él como a su generación. Su Orlando no tiene un propósito grave o serio, al contrario, crea un mundo fantástico en el que el poeta divaga, indulgente con su capricho, y a veces sonriéndose por su propio trabajo. Su gran deseo es describirlo todo con la mayor perfección posible; el cultivo del estilo es lo que le ocupa más. En sus manos el estilo se hace maravillosamente plástico con todos los conceptos, tanto los elevados como los bajos, los serios o los divertidos. La estancia en octosílabos alcanza en él la más alta perfección en gracia, variedad y armonía.


Retrato de Miguel Ángel

Mientras tanto, mano a mano con el romance, hubo intentos para una épica histórica. Gian Giorgio Trissino de Vicenza compuso un poema titulado Italia liberada de los Godos. Muy versado en las formas antiguas, se formó en éstas, al objeto de cantar las campañas de Belisario; decía que se había forzado a observar las reglas de Aristóteles, y que había imitado a Homero. Vemos en él, de nuevo, uno de los productos del Renacimiento, y aunque la obra de Trissino es de pobre inventiva y no tiene ningún color poético original, nos permite comprender mejor cuáles eran los esquemas de pensamiento del siglo XVI.

La poesía lírica no es ciertamente una de las cosas que se alza a gran altura en el siglo XVI. Con una falta absoluta de originalidad, pareciera que en este siglo no hubo nada mejor que hacer que copiar a Petrarca. Sin embargo, incluso en esta pobre empresa hubo poetas vigorosos. Monsignore Giovanni Guidiccioni de Lucca (1500 – 1541) demostró un generoso corazón. En elegantes sonetos dio expresión a su pena por el deplorable estado al que se había reducido a su país. Francesco Molza de Módena (1489 – 1544), estudioso del griego, latín y hebreo, escribió con agradable estilo y con emoción. Giovanni della Casa (1503 – 1556) y Pietro Bembo (1470 – 1547), aunque pretrarquista, fueron elegantes. Incluso Miguel Angel se hizo petrarquista en ocasiones, y en sus poemas dejó la marca de su extraordinario y original genio. E incluso encontramos un buen número de damas junto a estos poetas, como Vittoria Colonna (amada por Miguelangel), Veronica Gambara, Tullia d'Aragona y Giulia Gonzaga, poetisas de gran delicadeza y superiores en genio a muchos de los literatos de su tiempo.

Muchas tragedias se escribieron en el siglo XVI, pero todas fueron bastante flojas. La causa fue la indiferencia moral y religiosa de los italianos, la falta de fuertes pasiones y caracteres vigorosos. El primero en ocupar el escenario trágico fue Trissino con su Sofonisba, siguiendo escrupulosamente loas reglas técnicas del arte, pero escrita en versos pesados, sin el calor del sentimiento. El Oreste y el Rosmunda de Giovanni Rucellai no fueron mucho mejores, ni la Antigona de Luigi Alamanni. Sperone Speroni en su Canace y Giraldi Cintio en su Orbecche intentaron convertirse en los innovadores de la literatura trágica, pero sólo consiguieron hacerla grotesca. Decididamente superior a todas ellas fue el Torrismondo de Torcuato Tasso, especialmente por los coros, que a veces recuerdan los coros de las tragedias griegas.

 

Aretino retratado por Tiziano (1545)

Aretino

 

La comedia italiana del siglo XVI fue prácticamente una copia de la comedia latina. Casi siempre tenían la misma trama, los mismos personajes ancianos, los sirvientes, la solterona, y el argumento era a menudo el mismo. Así, el Lucidi de Agnolo Firenzuola, y el Vecchio Amoroso de Donato Giannotti fueron copias de comedias de Plauto, lo mismo que el Sporta de Giambattista Gelli, el Marito de Lodovico Dolce y otros. Parece que solamente tres escritores pueden distinguirse entre los muchos que escribieron comedias: Maquiavelo, Ariosto y Giovan Maria Cecchi. En su Mandragora Maquiavelo, al contrario que los otros, compuso una comedia con carácter, creando personajes que se mantienen vivos incluso ahora, porque fueron copiados de la realidad gracias a una fina y observadora mirada. Ariosto, por su parte, se distinguió más por la descripción de los hábitos de su tiempo, en especial las de los nobles de Ferrara, que por la descripción objetiva de sus personajes. Finalmente, Cecchi dejó en sus comedias un tesoro de lenguaje hablado, que en la actualidad nos permite de forma magnífica tener conocimiento de aquella época. El notable Pietro Aretino puede ser también incluido en la lista de los mejores escritores de comedias.

En el siglo XV también se dio algo de poesía amorosa. Antonio Cammelli, apodado el Pistoian, merece especial mención, debido a sus acres bonhomie, como Saint-Beuve las llamó. Pero fue Franceso Berni quien llevó este tipo de literatura a su perfección en el siglo XVI. A partir de él a ese estilo se le denomina también poesía bernesca. En los berneschi escontramos casi el mismo fenómeno del que ya habíamos tenido noticia en relación con el Orlano furioso. Era el arte por el arte mismo lo que inspiró e impulsó a Berni a escribir, así como a Anton Francesco Grazzini, llamado Il Lasca, y a otros escritores menores. Puede decirse que no hay nada en su poesía, y es cierto que tienen especial predilección en alabar las cosas bajas y ruines y en mofarse de lo que es noble y serio. La poesía bernesca es el más claro reflejo del escepticismo moral y religioso que fue una de las características de la vida social italiana del siglo XVI, y que se encuentra más o menos en todas las obras de ese periodo, ese escepticismo que paró la Reforma religiosa en Italia, y que por su parte fue consecuencia de las condiciones históricas. Los berneschi, y en especial Berni mismo, a veces adoptan un tono satírico, pero lo suyo no puede llamarse sátira con propiedad. Quienes sí cultivaron la sátira pura fueron, por otra parte, Antonio Vincinguerra, veneciano, Ludovico Alamanni y Ariosto, éste último superior a todos ellos por la ática elegancia de su estilo, y por una cierta franqueza con tendencia a la malicia, que es particularmente interesante cuando el poeta habla de sí mismo.

En el siglo XVI hubo no pocas obras didácticas. En su poema Api, Giovanni Rucellai se acerca a la perfección de Virgilio. Su estilo es claro y luminoso, y añaden interés a su libro las frecuentes alusiones a los sucesos de su tiempo. Pero la obra didáctica que sobrepasa a las demás en importancia es El Cortesano de Baltasar Castiglione, en la cual imagina una discusión en el palacio de los duques de Urbino entre caballeros y damas sobre cuales son las cualidades que se requieren para ser un perfecto cortesano. Este libro es una valiosa ilustración de la situación moral e intelectual de la alta sociedad italiana en la primera mitad del siglo XVI.

De los novelistas del siglo XVI, los dos más importantes fueron Grazzini y Matteo Bandello; el primero tan juguetón y estrafalario como grave y solemne el segundo. Bandello fue fraile dominico y obispo, no obstante lo cual sus novelas son de tema relajado, y en ellas a menudo se pone en ridículo a los eclesiásticos de su tiempo.

En un tiempo como el siglo XVI en el que eran tan fuertes la admiración por las cualidades del estilo y el deseo de una clásica elegancia, es natural que se pusiera gran atención en la traducción de autores griegos y latinos. Entre las muchas traducciones de la época son aún famosas las de la Eneida y de las Pastorales de Longus el Sofista realizadas por Annibale Caro, así como las traducciones de las Metamorfosis de Ovidio por Giovanni Andrea dell'Angillare, la de El puente de oro de Apuleyo hecha por Firenzuola, y las de las Vidas y la Moralia de Plutarco por Marcello Adriani.

 

Torquato Tasso

Torquato Tasso

Los historiadores de la literatura italiana dudan en si Torquato Tasso debería ser situado en el periodo de más alto desarrollo del Renacimiento, o si debería formar un periodo él solo, intermedio entre el citado y el posterior a él. Ciertamente fue una persona en clara disarmonía con la época en la que vivió. Su fe religiosa, la seriedad de su carácter, la profunda melancolía que habitaba su corazón, su continua aspiración a la perfección ideal, todo le sitúa fuera del periodo literario representado por Maquiavelo, Ariosto y Berni. Como dice bien Carducci, Tasso es el legítimo heredero de Dante: él cree, y justifica su fe con la filosofía; él ama, y escribe de su amor con culto estilo; él es un artista, y escribe diálogos de especulación escolástica que podrían considerarse platónicos. Sólo tenía dieciocho años cuando, en 1562, se atrevió con la poesía épica y escribió el Rinaldo, en el cual se dijo que había intentado reconciliar el esquematismo aristotélico con la variedad de Ariosto, A continuación escribió el Aminta, un drama pastoral de exquisita gracia. Pero el trabajo al que se dedicó por más tiempo fue un poema heroico, el cual le absorbió por completo. Él mismo explica su intención en los tres Discursos escritos mientras componía su Jerusalem: elegiría un tema grande y atrayente, no tan antiguo como para haber perdido todo su interés, ni tan reciente que le impidiera inventarse situaciones; lo trataría rigurosamente de acuerdo a las reglas de la unidad de acción observadas por los poemas griegos y latinos, pero con mucha mayor variedad y esplendor de episodios, de manera que en este punto no se alejara mucho del romance; y finalmente los escribiría con altisonante y recargado estilo. Y esto es lo que hizo Tasso en su Jerusalem liberada, el tema de la cual es la liberación del sepulcro de Cristo en el siglo XI por Godofredo de Bouillon. El poeta no sigue fielmente los hechos históricos, pero nos coloca ante sus principales motivaciones, incluyendo en ellas la actuación sobrenatural de Dios y Satán. La Jerusalem es el mejor poema heroico que Italia ha dado. Se aproxima a la perfección clásica. Sus episodios son sobre todo hermosos. Está escrito con profundo sentimiento, y todo en él refleja el alma melancólica del poeta. Respecto al estilo, sin embargo, aunque Tasso se empeñó aplicadamente en ceñirse a los modelos clásicos, no puede dejar de notarse que hace excesivo uso de metáforas, de antítesis, de conceptos rebuscados; y es justo desde este punto de vista que algunos historiadores han situado a Tasso en el periodo literario conocido genéricamente con el nombre de Secentismo, aunque otros, más moderados en su crítica, afirman que él sólo preparó el camino.

 

 

 

 

     

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